domingo, 6 de octubre de 2019

Estrés, café y estafas.


La mejor parte de que este blog este perdido entre los miles de otros blogs que existen en el océano de información y entretenimiento que es el internet, es que no siento la obligación de actualizar seguido o en un horario establecido; actualizo cuando se me da la regalada gana.

También que puedo escribir lo que me salga de los más profundo de mi retorcida mente –desde mis experiencias más vergonzosas, hasta mis verdades más difíciles– y compartirlo con el mundo sin esperar a cambio nada. Me deshago de mis cargas, quizás no para siempre, pero pierden peso en mis hombros.

No tengo idea de por qué deseo exponerme de ese modo al mundo. La verdad, puede que sea apetito de atención. Sin embargo, no me interesa ponerme a filosofar sobre mis ambiciones inconscientes.

De todas formas, quién lea lo que yo escribo tiene el derecho a que le valga un grano de arena mis desvaríos. Así como también puede internarse conmigo en una lenta y tambaleante caminata por la vida desde el punto de vista de alguien que es débil de carácter, que aprendió a ser desabrido, y es tristemente consciente de la dualidad de la naturaleza del ser humano, quizás no tanto de lo tercero.

Ahora un pequeño anunció: Mañana empiezo la Universidad. (Con negrita para que se note su importancia.)

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Les juró que ayer ni siquiera me importaba este tema. ¿Qué tan importante puede ser? Solo serán cuatro años y medio más de clases para conseguir un título y después seguir y seguir estudiando hasta realmente estar, o sentirme, preparada para hacer algo.

Ahora, tan cerca de ello, me entran unas irrefrenables ganas de escribir y escribir sobre esto. No hablar, no.

Parece que solo me estoy quejando, ¿verdad? No. Enserio, no. Estoy agradecidísima, me siento incluso bendecida, de poder entrar a una universidad pública.

Ah, ah. Ya sé, ya sé como suena eso. A ver, déjenme explicar un poco de qué va la cosa. (También aclaro que yo soy muy lucida con respecto a como es esto de la educación superior en otros países, por lo que no sé si es lo mismo en donde viven.)

En mi país los estudiantes del último año de bachillerato tienen que dar un examen (tortura psicológica) que abarca los trece años de educación, y cuya nota sirve para graduarse y aplicar a las universidades públicas nacionales (codiciadas porque no cuestan ni un centavo). Y ya. Que buen resumen, ¿cierto?

No voy a decir que es horrible –que conste que creo que lo es– pues yo estudie con verdaderas ganas solo por tres meses. (Soy una vaga, y si estudie tanto tiempo fue porque no quería que mis padres pagaran por mi educación por más tiempo.) Pero la mayoría de las estudiantes de mi colegio no cedieron un segundo para empezar a prepararse.

Mis amigas, especialmente mi mejor amiga, se dedicaron a aprender casi al mes de empezar ese año. La mayoría de mis conocidas se inscribieron en un curso para prepararse para el examen, llevaban libros y cuadernos para estudiar a todas partes y solo se la pasaban revisando una y otra vez lo que les decían en clases.

No podía hablar con mis amigas. Cada vez que alguna abría la boca solo terminaba diciendo algo sobre ese examen y las clases que estaba tomando. Yo no podía decir nada ya que ni siquiera sabía que rayos tenía que estudiar. Muy mal, muy mal.

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El estrés y la ansiedad predominaba en mi aula. Miren, yo soy una persona muy perezosa y desinteresada, pero en ese momento me sentía tan mal de ser la única –y lo digo sin exagerar– que no estudiaba que pedí que me inscribieran en ese curso, y mis padres lo hicieron.

Los siguientes meses se resumen en clases, horas y horas sentada y mucho café. No hice otra cosa más que pensar y pensar en ese examen. ¿Qué pasaría si no aprobaba? ¿Y si mi nota no alcanzaba para la carrera que quería estudiar? Si no entraba en la universidad pública, ¿tendría que estudiar en una privada? Yo no quería estudiar en una universidad pagada. ¿Mis padres me dejarían volver a intentar a hacer el examen si fallaba? No, no. Eso significaba un año sabático, sin hacer nada, y eso no puedo ni pensarlo.

Y la pregunta que más me torturaba: ¿Qué hago si repruebo?

Llegó el gran día. Para calmar mis nervios yo devore chocolates y chicles como si no existiera otra cosa en el mundo. Juró que me temblaban las manos y solo fue gracias a mi magna ingesta de azúcar que no llegue a desmayarme.

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Si mis amigas leyeran esto estoy segura que no me creerían. Yo no demostré lo asustada que estaba y en todo momento les di palabras de aliento a toda aquella que estaba dispuesta a escucharme.

Bueno, di el examen, me entregaron un comprobante y fui a casa. Meses después recibí mi calificación y pude entrar a la Universidad.

Hago hincapié en el día que se abrieron las plataformas para inscribirse en las universidades. Ese día fue la verdadera batalla. ¿Por qué? Pues sucede que podías entrar en la carrera que querías incluso si tu nota era más baja del mínimo requerido, lo que realmente contaba era entrar a tiempo e inscribirte.

Todo era una maldita estafa.

Así pues, logre lo que quería. ¡YEY!

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Y me alivia escribir esto. Mucho.

See ya!

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